Ella solía ser mi estatus permanente, no conocía otra cosa.
La infancia me trae esos recuerdos preciosos,
en los que no puedo pensar en preocupaciones,
en los que el mayor estrés que podía sentir era porque no sabía que sabor de helado pedir.
Con el tiempo fui creciendo, y ese estatus que tanto me gustaba,
ese que estaba tan instalado en mi interior,
de golpe se fue, correcto, la felicidad que tenía de golpe se esfumó.
Es un flash como algo puede cambiar tan drásticamente de un segundo al otro.
Ese día, el día en el que comenzaron las peores preocupaciones y soledades que alguna vez sentí,
fue el día que me di cuenta que había cambiado algo.
Me tocó crecer de golpe, me tocaron preocupaciones diferentes de otras personas;
por ahí menores, por ahí mayores.
Tal vez las sobre sentí, pero mi cabeza, mi corazón, así funcionan y de ese modo viví mis primeras experiencias de real distanciamiento con la realidad que, creía yo, era la única que había.
¡Que equivocada estaba, por favor!,
nunca me voy a olvidar de la sorpresa que me llevé cuando me di cuenta de que debía hacer algo,
pero peor fue la impotencia que se instaló como una gran piedra dentro de mi al darme cuenta, en esta ocasión, de que no podía hacer nada,
era algo fuera de mi control.
Solo podía esperar, de hecho, sigo esperando que algo pase y de ese modo que todo se arregle,
o simplemente mejore.
Por supuesto que también hay cosas buenas, al crecer una empieza a disfrutar, también, las cosas buenas de la vida,
no todo es malo,
es solo que hay formas de alejarse por un rato al menos de la realidad; los amigos, la compañía son de los mejores métodos o maneras que uno tiene de pasarla mejor,
y si se está en una de esas situaciones de las que no se puede salir tan fácilmente,
los mismos métodos o maneras que uno ya tenía sirven, además, para apoyarse los unos a los otros y que un momento difícil
sea más fácil de soportar.